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La historia interminable de Butarque

La historia interminable de Butarque

Hay temporadas que se tuercen. Otras se enquistan. Y luego está el Leganés, que parece haber encontrado en el cambio de entrenador una suerte de refugio al que acudir cuando el fútbol deja de ofrecer respuestas. Como quien cambia los muebles de una casa para no tener que mirar las grietas de las paredes, el club vuelve a mover el banquillo con la esperanza de que, esta vez sí, todo vuelva a su sitio. Pero esas grietas siguen ahí.

El Córdoba no necesitó demasiado para llevarse los tres puntos de Butarque. Un gol en el tramo final, una grada que empezaba a quedarse sin paciencia y un equipo incapaz de encontrar el camino de regreso. El 0-1 fue el epitafio de una semana que terminó llevándose por delante a Rubén Albés. Cuatro derrotas consecutivas, ningún gol a favor y diez tantos encajados. Demasiadas señales de alarma para seguir fingiendo que aquello era una simple mala racha.

El Leganés había comenzado el curso con argumentos para mirar hacia arriba. Había motivos para ilusionarse, para creer que la reconstrucción después del descenso podía ser algo más que una declaración de intenciones. Sin embargo, entre Cádiz, Almería y Córdoba, esa esperanza e ilsuión se ha ido deshilachando hasta convertirse en la siguiente pregunta incómoda: ¿en qué momento dejó este equipo de parecerse a lo que quería ser?

Quizá lo más doloroso no sea perder, porque el fútbol también consiste en aprender a convivir con la derrota. Lo verdaderamente inquietante es contemplar a un equipo que parece haber perdido el idioma. Que defiende sin encontrar la manera de respirar, ataca sin saber dónde hacer daño y recibe un golpe sin encontrar fuerzas para levantarse. Un equipo que, por momentos, parece jugar con el miedo de quien sabe que cualquier error puede convertirse en otro domingo para olvidar. En fin, lo que viene a ser un equipo sin alma, sin ideas, y sin respuesta de reacción.

El banquillo como puerta giratoria

Rubén Albés ya es pasado. Su salida se fue cocinando entre resultados, dudas y unas últimas horas en las que la tensión terminó por desbordar lo estrictamente futbolístico. La derrota ante el Córdoba fue el último empujón; el desgaste acumulado, la falta de respuestas y el deterioro de la relación con el entorno hicieron el resto.

No seré yo quien discuta que había motivos para tomar una decisión. Los números son difíciles de maquillar y el equipo llevaba semanas pidiendo una reacción que nunca llegó. Albés no encontró la tecla y terminó marchándose sin haber conseguido que la plantilla se reconociera en su propuesta.

Sin embargo, el fútbol tiene una memoria caprichosa. Apenas hace unos meses, el nombre del entrenador de turno parecía la pieza que faltaba para recomponer el puzle. Hoy, su sustituto ya ocupa el centro de todas las miradas. Y mañana, si los resultados no acompañan, volveremos a buscar culpables con la misma urgencia con la que ahora reclamamos soluciones.

Paco López, Igor Oca, Carlos Martínez, Rubén Albés y ahora Luis Carrión. Cinco entrenadores en apenas año y medio. Cinco maneras de entender el fútbol, cinco proyectos que han tenido que convivir con una misma realidad: la dificultad de encontrar continuidad en el Leganés.

La cifra pesa. No tanto por lo que dice de cada técnico, sino por lo que revela del camino recorrido. Un club puede equivocarse al elegir entrenador; todos lo hacen. Lo difícil de explicar es que el error parezca repetirse con tanta frecuencia, como si cada nuevo comienzo estuviera condenado a desembocar en el mismo lugar.

La dirección deportiva ha hablado de una pérdida de identidad. Es una explicación que invita a mirar más allá de los resultados. Porque la identidad no es una palabra que se pronuncia en una rueda de prensa ni un dibujo que se traza en una pizarra. Es una manera de competir, de ocupar el campo, de entender los partidos y de reaccionar cuando las cosas se tuercen. Sobre todo, diría que es aquello que permanece cuando el marcador deja de sonreír.

Si el Leganés la ha perdido, alguien tendrá que explicar por qué. Y si cada entrenador termina marchándose sin haber conseguido recuperarla, quizá haya llegado el momento de preguntarse si el problema está únicamente en quien se sienta en el banquillo.

Carrión y la obligación de creer

Ahora le toca a Luis Carrión recoger los platos rotos. Llega con experiencia, con el recuerdo de su buen trabajo en Oviedo y con la convicción de que esta plantilla puede hacer mucho más. Su discurso apunta a un equipo atrevido, agresivo, capaz de presionar y de asumir el protagonismo con balón. Justo aquello que el Leganés ha ido perdiendo entre derrota y derrota.

Su llegada abre una ventana. Pero las ventanas no reparan las casas.

Carrión tendrá que devolverle al equipo algo más que un sistema reconocible. Necesita recuperar la confianza de unos futbolistas que parecen caminar sobre un terreno cada vez más resbaladizo. Necesita que Gharbi encuentre socios, que Morata deje de vivir aislado entre centrales, que el centro del campo vuelva a gobernar los partidos, y que por supuesto, Butarque reconozca, al fin, una idea detrás de cada movimiento.

No se le puede pedir que resuelva en una semana lo que otros no han conseguido arreglar durante meses. Pero sí se le debe exigir que empiece a construir algo que merezca la pena sostener cuando llegue la primera dificultad. Porque de eso se trata: no de encontrar un entrenador capaz de ganar dos partidos y apagar el incendio, sino de construir un equipo que no vuelva a arder al primer contratiempo.

El Mallorca será su primera prueba. No una sentencia, ni una final, ni una oportunidad para juzgar toda una temporada. Será simplemente el primer espejo en el que comprobar si este Leganés empieza a reconocerse de nuevo. Está claro que se puede perder, pero si se hace, como bien se indicó en rueda de prensa, que sea con una identidad que se empiece poco a poco a ver.

Que la costumbre no nos robe la esperanza

Hay algo especialmente peligroso en las crisis que se prolongan: llega un momento en el que dejan de sorprendernos. La derrota se vuelve paisaje, el cambio de entrenador se convierte en rutina y las explicaciones empiezan a sonar como ecos de conversaciones anteriores. Y eso es lo que más debería preocupar en Leganés.

No estamos condenados al descenso por sumar once puntos de treinta. La temporada todavía tiene recorrido y la plantilla dispone de argumentos para reaccionar. Pero la clasificación no puede servir de anestesia, del mismo modo que la llegada de un nuevo entrenador no debería funcionar como un borrón y cuenta nueva que permita olvidar todo lo ocurrido.

La afición ha visto demasiado en los últimos tiempos como para conformarse con otra promesa de reconstrucción. Necesita fútbol, necesita respuestas y necesita comprobar que detrás de cada decisión existe una dirección. No pide milagros; pide motivos para creer.

El Leganés no puede vivir eternamente en el día de la marmota, condenado a repetir el mismo invierno con distintos protagonistas. En algún momento habrá que dejar de cambiar los nombres de la historia y empezar a escribir una diferente.

Quizá Carrión sea quien consiga hacerlo. Ojalá. Pero su éxito no debería medirse únicamente por los puntos que sume, sino también por la capacidad del club para darle continuidad a un proyecto y aprender de los errores que han conducido hasta aquí.

Butarque no necesita otra revolución de otoño. Necesita que, por una vez, el siguiente capítulo no se parezca al anterior.

Y que cuando vuelva a rodar el balón, entre el ruido de la grada y el frío de la incertidumbre, el Leganés encuentre algo que lleva demasiado tiempo buscando: una razón para volver a reconocerse. Y una unión, que parece perdida, entre club y afición.

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